En
el territorio donde al transcurrir de los años iba a situarse la
ciudad de Atenas, discutían –en aquellos tiempos en que el
Olimpo era dueño de todos los hombres- Poseidón y Atenea.
Ambos dioses querían para sí el dominio de aquel trozo luminoso
de tierra cercano al Mediterráneo.
Propuso
entonces Zeus que el lugar se lo otorgaría a quien de los dos aportara
el regalo que fuese más útil para la humanidad y, por tanto,
para los futuros habitantes de la ciudad. Marcharon, pues, a la búsqueda
de algo original y valioso. Llegó Poseidón eufórico,
y, golpeando el suelo con su tridente, hizo surgir un veloz y brioso caballo
que aliviaría del trabajo a los hombres y podría conducirles
por caminos insospechados. Entonces Atenea, humilde, enseñó
una rama de madera retorcida con hojas verde plata. Cuando ya el dios
se suponía ganador, la diosa comenzó a explicar para qué
serviría darle a los hombres el cultivo del olivo: era una planta
fuerte, vigorosa y longeva, de frutos sabrosísimos de los que el
hombre sacaría, además, un líquido ideal para aliñar
comidas, fortalecer los cuerpos, sanar males y alumbrar la noche. Zeus
comprobó que era cierto y en justa compensación otorgó
el dominio del lugar a la diosa y permitió después que la
civilización ateniense difundiera al mundo las propiedades del
olivo para que todos los mortales las disfrutáramos. El primer
olivo quedó plantado en el mismo agujero de donde Poseidón
había hecho surgir a su caballo, sobre la roca en la que más
tarde asentó la Acrópolis y el árbol fue para siempre
símbolo y enseña para todos aquellos que se acercaban a
Atenas.
Esa
misma vieja ciudad ha sido últimamente el escenario donde se rubricaba
la ampliación de Europa –también heredera de los griegos,
también hija de Zeus- a veinticinco miembros. Los jefes de Estado
y de Gobierno que han firmado el acuerdo han plantado un olivo. Tal vez
sea otro regalo de los dioses, símbolo que anuncie concordia y
prosperidad al nuevo territorio como lo fue otras veces en que aceite
y olivo escribieron historias de paz y de cultura en nuestra civilización:
Una paloma que llevaba una rama de olivo partió de Fenicia para
anunciar la paz en el templo de Zeus; otra proclamó el fin del
diluvio universal. Ulises y sus compañeros de odiseas se untaban
de aceite de oliva y un palo de olivo sirvió para cegar al Cíclope.
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Pocos
han sido los alimentos que alcanzaron rango de símbolos para los
pueblos. De este selecto grupo, sin duda el olivo y el aceite son emblema,
al menos para el Mediterráneo y Oriente Próximo que es lo
mismo que decir para la cuna de todas las culturas occidentales. Y tienen
razones para ello.
El aceite de oliva es la grasa usada como alimento más antigua
de todas las empleadas por el hombre, con muchas calorías concentradas,
ingrediente principal en la dieta por sí mismo o como aliño
y acompañante imprescindible de casi todos los demás; se
conserva perfectamente y es capaz de conservar otros alimentos; digestivo,
no produce desarreglos ni cuando enrancia; cura y protege el hígado,
el corazón y las arterias; tonifica la piel y los músculos
en ungüentos y lociones; es alivio en golpes y heridas; ahuyento
de los fantasmas de la noche cuando arde en las lámparas; puede
hacer jabón y proteger maderas o cueros. Por la ciencia sabemos
hoy que la razón de estas excelentes cualidades que llevamos disfrutando
desde hace más de dos milenios es su equilibrada proporción
de ácidos grasos y pequeñas cantidades de otras sustancias
de la aceituna.
El tamaño, forma y textura de la aceituna la hacen perfecta para
la mano y boca del hombre. Su sabor de carácter y personalidad
fuertes permite innumerables aliños sin perder su identidad: ”las
gráciles/ olivas/ pulidas por los dedos/ que hicieron/ la paloma/
y el caracol/ marino:/ verdes/ innumerables/ purísimos/ pezones/
de la naturaleza,...”, escribió Pablo Neruda en su “Oda
al aceite”.
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Olivos,
olivares, paisaje en el que resuenan las voces de los dioses: “Olivares
centellados/ en las tardes cenicientas/ bajo los cielos preñados/
de tormentas....”; “¡Olivares y olivares/ de loma en
loma prendidos/ cual bordados alamares!” (A. Machado). Salpican
la tarde de la geografia extremeña, donde todavía es fácil
encontrar el primitivo olivo silvestre, acebuche, sobre los que asientan
algunos de los olivares más viejos.
El
olivo crece esculpiéndose a sí mismo en talla viva y soportando
cualquier adversidad: sobrevive rampante en las pendientes más
escarpadas de la sierra o acordonando lomas; en la llanura fresca del
valle o en la esquina del huerto. Cualquier lugar es bueno. El olivo,
generoso, ofrece sus frutos y su presencia de criatura mitad árbol,
mitad seña de identidad a los frágiles mortales. Sus troncos
viejos, cansados de dar frutos a varias generaciones pero vivos aún,
transigen con el desarraigo y desde la rotonda encrucijada de avenidas
en la ciudad o desde la mediana de la carretera o del jardín urbano
nos traen historias de supervivencia narrándonos cómo han
visto sucederse ambiciones y vanidades a su vera: ”el olivo/ de
volumen plateado,/ severo en su linaje,/ en su torcido/ corazón
terrestre:/...” (Pablo Neruda).
Los
dioses quisieron verlo crecer en Sierra de Gata y Hurdes. Allí
convive desde hace miles de años con los hombres de estas tierras
del límite septentrional de Extremadura que aprendieron a cultivarlo,
a aliñar las aceitunas y a extraer su jugo.
Un
finísimo aceite de oliva virgen de la dulce y delicada aceituna
Manzanilla Cacereña, de color dorado, extraordinariamente suave
y fino, con matizados aromas del fruto es el resultado. Ahora, al cabo
de milenios, amparado, además de por los dioses, por la Denominación
de Origen Gata-Hurdes: 30.000 has. de olivar que ofrecen 200.000 litros
anuales de este excelente aceite cuyo mayor mérito acaso resida
en venir directamente del olimpo.
Si se hace necesaria la comprobación, nada mejor que viajar a Gata-Hurdes.
Una vez allí, deberían gozar primero del paisaje y paladear
después el fruto y el aceite. Verán como, ciertamente, el
lugar aparenta ser tierra de dioses y el líquido dorado, ambrosía
divina.
Algo
más sobre el aceite Gata-Hurdes:
(Extraído de artículo aparecido en la revista Qazris, nº
21, Junio 2003).
Ramón de Arcos/Luz Rueda
