El
olivo y sus frutos han estado presentes en la historia de los hombres y han
ocupado un lugar relevante en las antiguas civilizaciones. Desde el principio,
el olivo fue un árbol de noble reputación unido a todas las
tradiciones y el aceite de sus frutos ha servido durante siglos para enriquecer
alimentos, alumbrar, sanar, revitalizar, como cosmético, ungüento
o vehículo de rituales sagrados, especialmente unido a la cultura y
religiones de los pueblos mediterráneos, representando símbolos
de paz, armonía o sabiduría. Solo en la Biblia pueden encontrarse
hasta 200 referencias al olivo o a su aceite.
El lugar de aparición
del olivo es difícil de determinar, aunque cabe pensar que surgiera
en su forma silvestre más primitiva a orillas del Mediterráneo,
en algún sitio situado entre Siria y Grecia. Se han encontrado fósiles
de hojas de olivo y restos de huesos de frutos o de acebuche en yacimientos
pliocénicos en Italia, en estratos del Paleolítico en el norte
de África y en excavaciones del Neolítico y Edad de Bronce en
España, entre otros, lo que demuestra su larga historia al lado de
la humanidad.
Se admite
que su cultivo se inició en la cuenca mediterránea -tal vez
en Siria, Líbano, Palestina o Israel- hace unos seis mil años.
Se piensa que en la edad de Cobre (4000 A.C.), en Oriente Próximo,
fue seleccionada una variedad de frutos grandes y carnosos, conseguida por
hibridaciones entre olivos africanos y orientales. A partir de ese momento,
el fruto del olivo fue utilizado inmediatamente con fines alimenticios y el
aceite obtenido de las aceitunas con métodos aún primitivos,
empezó ya entonces a emplearse para diversos fines, de forma que el
mismo arte de la medicina se basaba, principalmente, en el uso de ungüentos
derivados del aceite de oliva a aplicar sobre el cuerpo o en brebajes para
tomar. En Babilonia, al médico se le denominaba “asu”,
que significa "conocedor de los aceites." Durante esta época
se van depurando progresivamente las tecnologías de extracción
del Aceite de Oliva.
Las palabras
de las que derivan las denominaciones olivo y aceite en todos los pueblos
mediterráneos tienen dos únicas fuentes: el término griego
Elaia que dio origen a Olea en latín -y más tarde a oliva, olivo,
olive, oil, oleo, etc- y la palabra hebrea Zait que se transformó en
la árabe Zaitun -de donde proceden aceite, aceituna, acebuche y otras-.
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El cultivo
del olivo en Egipto es contrastado a partir del 2.000 A.C., durante la XVIII
dinastía (1580-1320 A.C.). Los mayores plantíos se encontraban
a lo largo del delta del Nilo, cerca de Alejandría. Al parecer, los
egipcios conocieron el olivo y el aceite de oliva gracias a las importaciones
que realizaron desde Creta y Palestina y, a pesar de que nunca consiguieron
enormes superficies de cultivo, la importación del aceite de oliva
cretense fue una de las decisiones económicas más importantes
del antiguo Egipto (2.000 A.C.). El aceite, mezclado junto a otras esencias,
fue particularmente estimado en el campo de la cosmética. En este caso,
los preciosos ungüentos fueron conservados en las llamadas “macetas
de estribo”. Con estos ungüentos se intervino también sobre
las momias que, además, llevaban ceñidas ramitas de olivo a
modo de coronas y collares. Notable fue, también, el empleo del aceite
en las lámparas votivas.
Aunque
los primeros testimonios escritos encontrados sobre el aceite datan de 2.500
a.c, en tablillas micénicas de Creta, de la época del rey Minos,
que hacen referencia a la importancia económica que tenía el
aceite de oliva en la corte cretense, el aceite de oliva se convierte en una
sustancia de capital importancia en la Grecia Antigua donde aparece en una
notable serie de citas literarias y está presente en la mitología,
ligado, por ejemplo, a la fundación de la ciudad de Atenas en honor
a la diosa Palas Atenea, simbolizada por un olivo que hizo brotar la diosa
en la Acrópolis a partir del cual aprendieron los habitantes de la
ciudad a cultivarlo y a aprovechar sus frutos. Siempre según la mitología,
el arte de la agricultura les habría sido enseñado a los hombres
por Aristeo, hijo de Apolo y la ninfa Cirene. El cultivo del olivo fue tan
importante que Aristeo también habría inventado los sistemas
de extracción del aceite, entre los que se encontraría el lagar.
Según relata Plutarco, el legislador Solón arbitró medidas
favorables para la plantación del olivo que se añadieron a la
legislación ateniense y que establecían, además, sanciones
para todo aquel que durante el año arrancasen dos o más olivos.
La producción
aceitera griega, junto a la fenicia, invadió y se extendió por
todo el Mediterráneo, transportada a través de ánforas
de cerámica y odres de piel. Cada comunidad griega del Mediterráneo
utilizaba un tipo distinto de ánfora, por lo que se podía reconocer
fácilmente la procedencia de la mercancía en los mercados. El
transporte en odres de piel, ha persistido en la realidad agrícola
mediterránea hasta hace pocas décadas, de manera que en la primera
mitad del siglo XX en la Liguria italiana, aún se utilizaban odres
de piel para cortos transportes de aceite.
El cultivo
del olivo y las técnicas de extracción de aceite llegaron a
España con los fenicios hacia el año 1050 a.c. y con los griegos
en los siglos VI a VII a.c., pero fueron, sin duda, los romanos quienes llenaron
la península ibérica de olivos, convirtiéndola en uno
de los principales exportadores de la época. La importancia de su comercio
fue tal que se han encontrado ánforas olearias procedentes de Hispania
en todas las regiones del Imperio aunque era siempre Roma la principal destinataria
de este comercio. El monte Testaccio, situado en la ciudad, es una colina
artificial realizada con restos de ánforas que no eran reutilizadas
-como era el caso de las que contenían aceite-, en donde se calcula
que hay restos de unos 40 millones de ánforas, almacenadas entre los
años 138 a 260 de nuestra era, procedentes de la Península Ibérica
en su gran mayoría. El emperador Adriano llegó a acuñar
monedas con un ramo de oliva y la leyenda: “Hispania”.
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Los romanos
mejoraron las técnicas de cultivo, testimonio de lo cual son los textos
de Catón que constituyen los más extraordinarios manuales de
olivicultura de la antigüedad romana (De agricultura y De re rustica)
escritos en el Siglo I D.C. Este autor diserta sobre el cultivo y sobre las
modalidades de elaboración de las aceitunas. Así mismo, describe
una perfecta empresa agrícola, con 8.000-10.000 árboles, completamente
autosuficientes, hasta en la producción del Aceite de Oliva. También
fue mejorada la tecnología de extracción, tanto por lo que respecta
a la molienda de las aceitunas como a la molturación de la pasta de
aceitunas rotas.
El cultivo se vio notoriamente incrementado con la llegada de los árabes
especialmente en el valle del Guadalquivir. Introdujeron sus variedades en
el sur de España, influyeron en la difusión del cultivo y asentaron
definitivamente los vocablos castellanos de aceituna, aceite o acebuche; por
ejemplo, la palabra española "aceite" proviene del árabe
"al-zait" que significa "jugo de aceituna". Fue también
muy apreciado por los musulmanes, siendo citado en el Corán. Así,
si bien la caída del Imperio llevó a un descenso en la producción
aceitera, la España meridional y el África septentrional continuaron
la actividad aceitera bajo control islámico.
De todas
maneras, durante la Edad Media, el Aceite de Oliva era un bien escaso en aquella
sociedad pobre y guerrera de tal forma que, en determinados casos, llegó
a ser considerado dinero en efectivo. A partir del Siglo V, los controles
estatales sobre el aceite desaparecen casi completamente, las órdenes
religiosas pasan a poseer la mayor parte de los olivares todavía en
cultivo, y el Aceite de Oliva pasa a ser consumido por las clases altas y,
sobre todo, por los clérigos. En los monasterios se distribuía
cada día, a cada monje, el aceite necesario para sazonar sus comidas,
sin despilfarro ni codicia.
En la Extremadura
española y Alentejo portugués, la historia transcurrió
de manera similar a lo que ocurría en el resto de las provincias romanas,
y, si bien con altibajos, el cultivo del olivo y el consumo de aceite de oliva
ha sido una rutina popular, de modo que en la época de los Reyes Católicos,
el "gazpacho" con aceite y vinagre constituía ya una parte
básica de la dieta alimenticia en Extremadura y Andalucía. Con
el Descubrimiento (1492), España y los extremeños que tanto
contribuyeron en la conquista llevaron el olivo a América. De Sevilla
parten los primeros olivos hacia las Antillas y después al continente.
Se introdujo principalmente a lo largo de los siglos XVI y XVII en Perú,
Chile, Argentina y México. Hoy en día puede encontrarse en California
y en distintas partes de Sudamérica.
A pesar de que ya se encuentra distribuido por diversas regiones de Asia,
América, África y Oceanía, en la actualidad, la geografía
productiva del olivo sigue pareciéndose bastante a sus orígenes
históricos mediterráneos: el país que más olivos
posee es España (más de 300 millones de olivos), seguido a gran
distancia por Grecia e Italia y después por Túnez, Turquía,
y Siria. También es -como en tiempos de Adriano- el primer país
productor y exportador mundial. de aceite de oliva, con una producción
media anual de 700.000-800.000 toneladas, llegando a alcanzar 1.000.000 en
recientes campañas, e, incluso, superando e esta cantidad como es el
caso de la campaña 2001-2002 con una produccióón de 1.300.000
toneladas.
La superficie de olivar de España es de 2.423.841 has. repartidas por
regiones como sigue:
| Andalucía |
1.480.162
ha |
Extremadura |
267.284
ha |
Centro |
332.463
ha |
Ebro |
178.803
ha |
Levante |
165.129
ha |
El
número total de olivos es de 308.758.000 que se distribuyen por las
regiones anteriores de la siguiente manera:
| Andalucía |
185.653.000 |
Extremadura |
36.676.000 |
Centro |
36.700.000 |
Ebro |
21.879.000 |
Levante |
26.850.000 |
Entre las variedades históricas del olivar español, cabe citar
entre las más representativas las siguientes: picual, hojiblanca, cornicabra,
lechín, manzanilla, verdial de Badajoz, empeltre y arbequina.
