Extremadura
es una de las Comunidades Autónomas españolas más condicionadas
por su pasado vitivinícola. Poseedora de una larga tradición
en la cultura del vino, que se remonta a los tiempos de los romanos, esta
región ha vivido momentos de casi un total anonimato, llegando al presente
con una imagen renovada y apostando por la calidad gracias al empeño
de empresarios, agricultores y a la labor emprendida por la joven Denominación
de Origen Ribera del Guadiana.
Formada por
las provincias de Cáceres y Badajoz, Extremadura destaca por el elevado
número de municipios que se dedican a la viticultura (un total de 124)
y su diversidad climatológica y edafológica. La gran extensión
del viñedo extremeño (87.450 hectáreas) permite a cada
comarca unas variedades de uvas, condiciones de suelos y microclimas propios
que aportan riqueza y personalidad a los distintos vinos que allí se
elaboran. Junto a las tradicionales variedades de uva blanca (pardina, cayetana
y montúa) se están plantando otras variedades tanto blancas
(macabeo) como tintas (cencibel y garnacha) muy extendidas en el viñedo
nacional, así como algunas variedades foráneas de renombre (cabernet
sauvignon, chardonnay). Las nuevas marcas que salen al mercado constituyen
una muestra del renacer de una región comprometida con la viña
y con el vino.
La viticultura
en Extemadura, como en la mayoría de zonas peninsulares, tiene su génesis
en la época romana. Esta comunidad disfrutaba en aquel periodo de un
punto estratégico tan señalado y reconocido como Emérita
Augusta (la actual Mérida), capital de Lusitania, una de las principales
regiones abastecedoras del Imperio. Alrededor del río Guadiana - el
Anas romano-, florecían villas y campos de cultivo vitícola.
En el Teatro Romano de Mérida se conservan valiosos mosaicos que certifican
la importancia que tuvo el vino en aquel tiempo para la región.
Aunque
con cierta propensión al granel, la producción de vino extremeño
continuó inalterable a lo largo de los años. Alcanzaron renombre
algunos de Pitarra, y especialmente el de Frenegal, un afamado vino medieval,
ensalzado por nuestros clásicos del Siglo de Oro. Los extremeños,
además, contribuyeron a difundir el arte de la viticultura allende
los mares -muchos de los conquistadores procedían de esta región-
en los años de la colonización de América en las fértiles
tierras del nuevo mundo.
En el siglo
XX, estos vinos sirvieron en numerosas ocasiones como complementos de mezcla,
llegando algunas empresas jerezanas a instalarse en la zona con el propósito
de convertir el aguardiente autóctono en brandy comercial al uso. Mucha
de la producción era vendida a granel y otra elaborada en pequeñas
bodegas familiares con pocos medios a su alcance y menos vocación de
calidad. Sin embargo, a partir de los años ochenta, la zona ha experimentado
una importante revolución en cuanto a técnicas vinícolas
se refiere, adaptándose a los actuales procesos industriales y modernizando
las instalaciones de unas empresas hasta entonces un tanto arcaicas, muchas
de las cuales se han configurado en flamantes cooperativas. A la sombra de
la D.O. Ribera del Guadiana, han evolucionado y se han creado un importante
número de nuevas empresas vitivinícolas que producen en la actualidad
grandes caldos procedentes de sus propios viñedos. Una de ellas es
Bodegas Puenteajuda, nuestra seleccionada.
